La cabeza martilleando, los ojos pegados, la boca reseca; palpo a mi alrededor, mierda, estoy solo… ¿porque estoy desnudo? El estómago me burbujea, pero no me quiero levantar de la cama. Las leyendas del rock somos así, esto forma parte del negocio.
Recuento: me llamaron para una fiesta en la cuberta del Calderón, ni sé en honor a quién; una obra reconvertida en espacio recreacional… ¿sería un concierto de Kraftwerk? Los DJs calvos con gafas de pasta hicieron que la barra libre me cundiera a lo grande. Vaya, que intenté aprovechar la noche.
Solo. Me he despertado solo. Apuesto que llegué e intenté meneármela. Infructuosamente, por lo limpias que noto las sábanas. Ni una puta tía que me reconociera. Ninguna con la que funcionase cantarle una estrofa al oído. No me extraña, que fauna.
La gente, la de siempre; caras de televisión de menos de treinta, llorones de discográficas, algún gerifalte con diez gramos para no compartir, trepas del stablishment, posers que babean cuando ven a alguno de los anteriores. Ah, si, y los míos: viejas glorias.
Alguien con quien has hablado te invita a su casa, con otros treinta tíos, a enseñarte su colección de guitarras que jamás ha tocado. El capullo no sabría poner un mi menor ni aunque le fuera la vida en ello. Y cuando ya has localizado el mueble-bar alguien piensa – Ei, la ropa de ese tío no es de diseñador ni de comercio justo, seguro que sabe tocar algo para estar aquí -. Y te hacen tocar cosas de lameculos sin talento, o peor aún, de algún gilipollas que es consciente de tenerlo y le toma el pelo al público.
Llegan los flashazos. Los percibo como escenas rápidas de una peli de Guy Ritchie. Flash, se acaba el whisky. Flash, empujo al capullo. Flash, estoy rodeado de gente que no conozco parando un par de taxis en ¿la Castellana? Flash, pub. Flash, una tía me cruza la cara. Flash, discoteca. Flash.
Abro los ojos buscando el reloj. No es que me importe la hora, pero las rutinas son buenas para la inspiración. No se que subnormal profundamente aburrido pudo decir eso, Un posit encima de la caja que hace de mesilla dice, con mi letra de borracho: DAMIÁN TIENE ALGO. Damián es mi representante. Anoche le vería y me pondría pesado con él. Ya me veo yendo a tomar por el culo para tocar en una boda porque los novios dicen que mi canción es su canción. Tengo más. Muchas más, hijos de puta. Lo que pasa es que nadie quiso pagar para que las pusieran por la radio cuando me ficharon con “Me haces vibrar”. Después de que en los 100 principales sonase una y otra vez la coletilla -¡… desde Huertas, Madrid, el rockero metido a cantautor, Viktor Mi!
